• El cristal con el que miro
    Joaquín Muñoz González
    Asomándome al Objetivo para retratar este pequeño trozo de mundo que nos acoge

La muerte de un torero

Imagen: La muerte de un torero
Objetivo CLM - Joaquín Muñoz González
>> Mié, 13/07/2016 Sociedad Nacional

El otro día pude leer a través de facebook (que bueno es el facebook para estas cosas) un maravilloso artículo de opinión que resumía sin matices todo lo que pienso y siento en relación a la muerte del torero Víctor Barrio.

Como no es plan de meternos en camisas de once varas copiando y pegando aquí lo que otros escriben, me intentaré esforzar yo también en acercarme a la calidad de quien lo redactaba para hacértelo llegar sin miedo a resultar confuso.

Una de las muchas, muchísimas razones que me llevan a defender la vida del resto de los animales, es, precisamente, el amor tan grande que le proceso a todo esto que llamamos vida, la mía y la que rodea a la mía. Jacko, mi perro, mi mascota, un labrador canela noble y cariñoso fue quien me enseñó que no es necesario ser humano para sentir amor, compasión, dolor, sufrimiento, alegría, ternura o instinto de protección. Él lo siente, y esto es algo común en cada uno de los seres que comparten con nosotros este planeta, sepan o no andar con dos, con cuatro o con veinte patas.

Los animales, como nosotros, por muy fuertes que aparenten ser, se sienten perdidos cuando los sacamos del entorno en el que viven. Se estresan y confunden cuando los metemos en una camioneta para hacerles recorrer cientos de kilómetros, se desesperan buscando su campo cuando les abrimos las puertas hacia un terreno cerrado y lleno de gente que les observa, ilusionados todos por ver como se derrama su sangre, como se apagan sus fuerzas a base de desgarrarle músculos, tendones y arterias. En algo estamos de acuerdo los que disfrutan con esto y yo, el toro no entiende que ocurre a su alrededor cuando los mismos seres que llevan cuidándole con mimo desde su nacimiento, empuñan ahora banderillas, puyas y espadas para castigar hasta la muerte su cuerpo haciendo de esto ese espectáculo que define por sí solo a quien lo disfruta.

Siempre lo digo, y hoy más que nunca, los que estamos en contra de todo este disparate macabro y esperpéntico, no somos antitaurinos o animalistas en el sentido despectivo de la expresión. Estamos orgullosos de sentir empatía hacia la vida ajena, y sufrir en nuestras entrañas el mismo dolor que pueden llegar a sentir los seres que nos rodean, eso sí que es un sentimiento grande y no la mierda esa de orgullo torero que se han inventado algunos para ganar dinero a costa de la ignorancia ajena.

Esa misma empatía es la que nos lleva a muchos a sentir con pena la muerte de un torero en la plaza. Sí amigos, yo por lo menos lo viví así al ver la muerte de este chaval de tan solo 29 años, con familia y amigos que ahora sufren su pérdida con dolor. Me intento poner en la piel de su gente, que horror solo intentarlo… supongo que no podría evitar maldecir en estos momentos la salvajada esta que nos hemos inventado para arrancar vida a cambio de vender entradas. Si pudiera detenerlo en la misma puerta de la plaza “No Victor, no lo hagas, porque de ahí podrías no salir vivo” lo haría sin pestañear, aunque desgraciadamente no creo que me hiciera ningún caso, porque le inyectaron desde niño la puta frasecita esta de “los toros no sufren, y los que los matan son artistas” y claro, solo puede uno hacerse un “gran artista” cuando se juega la piel frente a un animal que no le importa arrancar vida para defender la suya propia.

Y no me quiero olvidar en mi último párrafo de todos aquellos que se frotaban las manos con malévolo interés, pensando solo en lo bien que le va a venir al mundo del toreo la compasión colateral a los “disparates inhumanos de los antitaurinos” que se alegrarán con la muerte de una persona. Lo siento señores, lamento decepcionarles, en mi caso y en el del noventa por ciento de contrarios al disparate que ustedes defienden, no ha lugar, porque nuestro amor por la vida nos impide sentir alborozo por muerte alguna, ni la del torero, ni la del toro… ni la de la madre del toro. Pero dejenme pedirles que se lo hagan mirar, atentamente… esas ganas que tienen de que otros se alegren por la muerte ajena les definen tanto como su afición por disfrutar de la muerte ajena.

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